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Bibliografía para psicólogos

Uno de los problemas más grandes de la psicología de hoy es que no hay una que sea realmente católica en su dimensión práctica o clínica. Habrá católicos que sepan de psicología, pero no psicólogos que apliquen una psicología realmente católica.

Personalmente he estado buscando muchos libros para conseguir acercarme a conocimientos aplicables a la psicología práctica que sean católicos, pero hay bastante poco y muy poco conocido. Creo que la filosofía antropológica del Prof. Leonardo Polo (en proceso de beatificación) es la más acertada, pero no es lectura sencilla. Para iniciarse a la psicología católica hay que acercarse a la filosofía y a la teología como mínimo.

Dentro de los libros que en mi trayectoria he visto especialmente buenos puedo destacar los siguientes.

Polo, Leonardo, Antropología trascendental I. La persona humana, Navarra: Eunsa, 2013 .

Casi todos los libros de antropología de este autor merecen mucho la pena, como “Presente y futuro del hombre”, «Quién es el hombre», “Lecciones de ética”, “Aprender a crecer”, “Lecciones de psicología clásica”, etc. Pero esta es simplemente una obra maestra y fundamental para entender la radicalidad del ser persona en la filosofía de Polo. Es una propuesta para ampliar los trascendentales clásicos y dar auténtica dignidad a la persona. Es una forma de ver al hombre desde la mirada de Dios más que desde el descubrimiento empírico. Sus aportaciones son fundamentales para que la psicología no se quede en la naturaleza herida o en un modelo clásico tomista que, sin dejar de ser válido, carece de alas.  

Este libro se recoge ahora junto al vol. 2 en «Antropología trascendental» Obras completas Vol. XV, Navarra: Eunsa, 2016 (ISBN: 9788431331146)

Echavarría, F. Martín, La praxis de la psicología y sus niveles epistemológicos según Santo Tomás de Aquino, Girona: Documenta Universitaria, 2005.

Es la tesis doctoral del autor. En ella recoge la visión práctica de la psicología desde Santo Tomás. Una obra espectacular y de un autor que merece mucho la pena seguir. Nivel alto.

Echavarría, F. Martín, Corrientes de psicología contemporánea. Barcelona: Scire, 2010.

Es un recorrido entre las diferentes corrientes de psicología desde un enfoque claramente católico y tomista, fruto de mucho trabajo del autor en clase y en sus conferencias. Nivel medio-alto.

Mercedes palet, La educación de las virtudes en la familia, Barcelona: Scire, 2007.

Consiste en la adaptación de las virtudes presentadas por Santo Tomás a la familia de hoy y su análisis. Nivel medio-alto.

Allers R., Naturaleza y educación del carácter, Barcelona: Editorial Labor, 1950.

Consiste en un análisis declaradamente católico de la patología del hombre. La santidad como único remedio de la salud mental. Analiza el carácter y la psicología del hombre a la luz de la fe. Nivel. Medio-alto.

Andereggen, I., y  Seligmann, Z., La psicología ante la Gracia, Buenos Aires: Educa, 1999.

Consiste en una recopilación de artículos de diferentes autores, entre los cuales están Martín Echavarría y Rudolf Allers. Ha recibido el premio al mejor libro católico en el año de edición. Nivel medio.

Pieper Josef, Las virtudes fundamentales, Madrid: Rialp, 2003.

Es un recorrido entre las diferentes virtudes tomistas. Un libro fundamental y clásico dentro del estudio de las virtudes. Nivel medio-alto.

David Isaacs, La educación de las virtudes humanas y su evaluación, Pamplona: EUNSA ediciones universidad de navarra 2003.

Es un recorrido entre las diferentes virtudes tomistas a lo largo de las diferentes etapas evolutivas. Hay pocos intentos de elaborar una evaluación de las virtudes y aunque no está demasiado conseguida, en mi opinión, sí lo está el encuadre de las virtudes en la educación familiar. Nivel medio-bajo.

Xosé Manuél Domínguez  Prieto, Psicología de la persona, Madrid: Palabra, 2011.

Muy buena propuesta antropológica para entender a la persona desde un enfoque profundo y sencillo a la vez, pero también bastante práctico. Es de herencia personalista, pero presentada de una forma no académica, sino discursiva y reflexiva. Sencillo y práctico a la vez. Nivel medio.

Juan Manuel Burgos, Antropología: una guía para la existencia, Madrid: Palabra, 2008.

Un manual de filosofía muy bien estructurado, académico y profundo, aunque en algunos aspectos es bastante cuestionable. El autor es Dr. en Física y Filosofía, prof. del Inst. JPII, y de la UCM, pero sobre todo es fundador y presidente de la Asociación Española de Personalismo. Aborda la persona, su estructura, sus ámbitos de actuación y obrar, así como su destino final. No es la mejor antropología, pero es bastante válida. Quizás falle en la trascendentalidad de la persona. Nivel medio-alto.

Juan Manuel Burgos, Introducción al personalismo, Madrid: Palabra, 2012.

Un manual resumido de las diferentes corrientes personalistas que permite entender el origen del personalismo y su esencia filosófica y práctica. Nivel medio-alto.

Blanca Castilla y Cortázar, Persona y genero. Ser varón y ser mujer, Barcelona: Eiunsa, 1997.

Aborda un acercamiento específico a la persona desde su dimensión sexuada y relacionada con el cosmos. Trata la persona como “apertura” y su implicación trascendental, partiendo desde sus relaciones familiares (filiación, paternidad, maternidad). Un enfoque personalista de origen Zubiriano, de una Dra. en Teología y Filosofía con conocimiento de la antropología de Leonardo Polo y una intención muy interesante de proseguirla. Nivel medio.

Blanca Castilla y Cortázar, Persona femenina, persona masculina, Madrid: Rialp, 1996.

En este librito la autora ofrece una sugerente hipótesis en la que enraíza sexo y persona. Aborda de forma más específica la diferencia entre el ser persona masculina y el ser persona femenina, definiendo primero que es persona. Un librito pequeño, denso y sintético, pero de fácil lectura, que propone una visión nueva y con muchas implicaciones en cuanto a la diferenciación sexual. Nivel medio-bajo.

Karol Wojtyla, Persona y acción, Madrid: BAC, 2007.

Este libro es la obra filosófica central de Karol Wojtyla. Es un estudio de la persona centrado en la acción como punto de partida. Es un libro central para el personalismo y sobre todo para entender a la persona desde la experiencia. La acción y la experiencia  son explicativas del fenómeno humano. No es un tratado sistemático, sino un análisis de cómo lo que hace el hombre, le define y le revela. Es un nivel alto.

Richard Cohen, Comprender y sanar la homosexualidad, Barcelona: Eiunsa, 1997.

Aborda el problema de la homosexualidad aportando todos los estudios reales que hay a favor o en contra, explicando su origen en las heridas personales. Su documentación es especialmente interesante. El autor está muy perseguido por los LGBTI precisamente por ser un homosexual que pretende ayudar a comprender correctamente ese misterio de la atracción del mismo sexo. Nivel medio.

Lucas Lucas, R., El hombre espíritu encarnado: compendio de filosofía del hombre, Salamanca: Ediciones Sígueme, 2008.

Aborda la antropología de la persona. No es muy sistemático y a veces profundiza de forma irregular determinados aspectos, pero es interesante por muchos aspectos. Nivel medio.

Lorda Iñarra, J. L., Antropología teológica, Pamplona: Eunsa, 2009.

Trata de abordar la antropología teológica de la persona desde Juan Pablo II, centrando el designio de la persona en Cristo. Tiene muchas referencias específicas y etimológicas, aunque le falte aterrizar realmente al hombre de a pie. Nivel medio-alto.

Melina, L., Noriega J. y Pérez-Soba, J. J., Caminar a la luz del amor. Los fundamentos de la moral cristiana, Madrid: Ediciones Palabra, 2007.

Un manual estupendo sobre muchísimas cuestiones relacionadas con el amor humano y la ética del obrar humano y, por lo tanto de su vocación. Trata muchos temas, aunque de forma algo breve, con muchas citas y con un lenguaje bastante sencillo. Nivel medio-alto.

Pérez-Soba, J. J., Creer en el amor. Un modo de conocimiento teológico, Madrid: BAC, 2014.

Se centra en la epistemología de la dinámica amorosa a en la que está metido el hombre para poder descubrir el amor del Padre. Es un desarrollo de la Dei Verbum del Concilio Vaticano II. Nivel alto.

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¿Cómo atender psicológicamente a los que no tienen una vida de fe?

Es una pregunta muy interesante porque habla de la continuidad que existe entre la vida creada y la vida eterna, es decir, entre el hombre y Dios. Dios nos creó para él y las claves de nuestra semejanza a él (la voluntad, la libertad, el amor y el conocer íntimo y personal) son precisamente las que fuerzan que nuestra vida se dirija en la dirección establecida por Dios para que seamos felices. Dicho de otro modo, el hombre sólo puede ser feliz si descubre a Dios en su vida y sólo alcanzará la plenitud de esa felicidad si busca hacerlo a través de una vida radicalmente evangélica.

El Evangelio nos recuerda muchas cosas, pero para lo que queremos investigar ahora, sobre todo nos recuerda que estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Jn 5,19), que hemos renacido del Espíritu Santo para vivir una vida de Dios y no de sólo hombres (Jn 3,5), que inhabitamos la Santísima Trinidad dentro de nosotros (Jn 14,23) y que debemos de tenerlo SIEMPRE presentes, dormidos o despiertos, que existe un pecado original que nos quitó la gracia para la que estábamos hechos (Rm 3,23), pero también que el sacrificio de Cristo y los sacramentos que ha establecido en su Iglesia nos pueden devolver esa gracia (Rm 5,20), y también, si queremos, que un día Cristo volverá a restaurar con plenitud y gloria ese Reino (CIC n. 668-679) que pedimos en el Padre Nuestro (previa tribulación purificadora que, en mi humilde opinión ya estamos viviendo de algún modo).

La vida del Evangelio es capaz de devolver el equilibrio psicofísico que por el pecado de la gracia se perdió, una vida sacramental bien vivida es capaz de sanar los corazones y devolver las esperanzas ante el dolor y la muerte que permanecen en este mundo. Como dice el Magisterio:

«A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día, según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo» (GS 37,2)

Pero es cierto que quien no quiere vivir en la línea de Dios se encuentra con serios problemas. Primero de incongruencia, luego de dificultad y finalmente de pérdida de sentido, que es el principio de inversión de la dinámica de la felicidad. Trataré de explicarlos brevemente.

La incongruencia nace del sentir por dentro una fuerte llamada a la felicidad y a la plenitud y ver que es inalcanzable por nuestras fuerzas. Aquí la mayoría de los alejados de Dios se esfuerzan en desarrollar diferentes vías que la filosofía ya ha trazado: negar la posibilidad real de la felicidad, inventarse caminos espirituales tipo Nueva Era, creer sólo en la vida inmanente y material abandonándose a un “sálvese quien pueda” en esta vida dedicándose a acumular dinero y conseguir placeres. Todo está inventado. Sin embargo, el deseo de plenitud y no sólo de felicidad o bienestar, sigue latiendo con fuerza y como nunca se puede ni acallar ni satisfacer, al ser una necesidad ontológica que Dios ha puesto en nosotros, el dolor interior crece constantemente generando una incongruencia enorme entre lo que se vive y lo que se desea realmente.

Esto introduce al siguiente paso: la dificultad. Es difícil levantarse cada mañana sin un propósito verdadero, trabajar con gusto y vocación, valorar nuestro planeta a largo plazo y la cultura heredada, entregar la vida en una relación familiar, permanecer a lado de la misma persona con sus defectos y todas las dificultades que implica la muerte a uno mismo para el nacer de una realidad dual (por no decir tríadica). En realidad no es ni fácil ni difícil, como decía un amigo mío, sino que es imposible. Sólo se logra con la gracia de Dios y para eso se necesita estar encaminados a ella.

Evidentemente una vida con continuas dificultades genera un cansancio psicofísico que se suma al espiritual y que genera un desorden interior importante. Este desorden manifiesta un vacío interior y un sinsentido exponencial que se expresa en todas esas innumerables y cambiantes patologías que se recogen en los manuales diagnósticos de las enfermedades (DSM o CIE). Estas patologías o comportamientos conductuales o afectivos anómalos están para recordarnos que ese camino no es bueno, pero el problema es que en este punto se da una disyuntiva importante: o se apuesta por buscar la Verdad y mejorar, o se abandona uno a lo que pida el cuerpo y el mundo, dejándose llevar y tratando de encajar, pervirtiendo en desmesura el corazón y abrazando consecuencias cada vez más irreversibles.

Esto último es lo que genera una pérdida de sentido tan profunda que puede llegar a cerrar el corazón a la luz en modo de que ni la razón, ni el sentido común, puedan ya ser corregidos o regenerados. En esa situación que suele ser ya de rechazo a Dios, lo religioso y la bondad natural del corazón, es ya complicado restaurar una naturaleza humana que ya estaba herida y ahora está casi hundida.

Dios siempre puede hacer milagros en virtud del Gran Sacrificio de Su Hijo y de todo los que se han unido a ello ofreciendo oraciones y la propia vida, pero sin una intervención expresamente divina un corazón en fase 3, digamos así, no es recuperable por la vía natural. Éste es el sentido de la gran responsabilidad de la educación de los padres, que permite dirigir la naturaleza humana herida a la perfección divina por medio de la vida de la fe y el acompañamiento.

¿Qué se puede hacer entonces si acuden a consulta para ser orientados o para mejorar, pero no son conscientes de todo lo mencionado hasta ahora y de su situación acédica?

Sencillo. Hay que empezar desde cero y tener mucha paciencia y amor por esas personas. Es preciso acogerles, empezar por hacerles capaces de pensar sobre su situación, enseñarles a reconocer que sí importa vivir una experiencia buena o una mala, educar nuevamente la sensibilidad al bien y al mal para luego guiarles hacia un camino de reflexión y de luz. Esto debe de ser así porque si en esa búsqueda no se implica la voluntad personal, el trabajo será inútil. Todo “sí”, tiene que ser una apuesta voluntaria y libre, por lo que no se puede engañar ni forzar. Se debe de indicar el camino y acompañar, con la siempre necesaria posibilidad de que en cualquier momento ese camino sea abandonado.

Si se llega a hacer un camino en el que la persona sea capaz de ver una luz (sentido común) habrá que proponer una formación en cuestiones básicas que permitan la madurez. Habrá que luchar con los vicios y perezas naturales, pero también los impedimentos que el demonio pondrá en marcha para que un alma no vuelva a Dios, que es lo único que le importa.

Si se consigue un equilibro es posible sanar ciertas heridas con tiempo y mucho acompañamiento, pero el objetivo debe de ser siempre la incorporación de la fe y la restauración de la gracia, de lo contrario la persona no será capaz de hacer frente a la dureza de una vida con las consecuencias de las decisiones tomadas en su vida. Llevar adelante una vida que ha pasado por las drogas, la impureza o la infidelidad, la violencia o el aborto, no se eliminan sino con la ayuda de Dios. Y esta ayuda debe de ser aceptada con arrepentimiento profundo y un fuerte propósito de enmienda que a veces dura toda la vida.

Así que en conclusión, un psicólogo no tiene por qué empezar a hablar de Dios ni rezar el rosario con su paciente, pero si no consigue que su acompañamiento entre en el continuo natural-sobrenatural que lleva a Dios y que el hombre y la psicología han fragmentado, no se podrá reestablecer en absoluto una psicología auténtica y plenamente saneada.

Dios no se ha manifestado por medio de Cristo para ser una asignatura optativa en el colegio, ni para salvar a algunos. Quiere salvar a todos y que todos se salven por él. Si bien él es la puerta para la salvación de todos, es también una puerta estrecha por la que se pasa aceptando unas reglas concretas e inviolables. La gracia es gratuita, pero no ha sido barata y es preciso caer en la cuenta de nuestra necesidad de Dios para que nuestro ser gire en el sentido correcto. No hay más psicología, ni más energías o técnicas, que puedan darle al hombre el sentido que Dios se ha reservado para sí mismo.

Paz y bien

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Estudiar con eficacia en la ESO

1. Lo que realmente hace eficaz el estudio

Estudiar no es una tarea más, sino una tarea culmen. Para estudiar, hace falta que la persona esté bien y lo más equilibrada posible. Sin educación, no sería posible para el ser humano estudiar o dedicarse a tareas culturales y de crecimiento personal. El ser humano precisa de la educación y del amor para recibir formación. Esto implica que, previamente al aplicar técnicas específicas para el estudio, se atienda adecuadamente a ciertos aspectos humanos. Estos aspectos son todos importantes y de forma simultánea, aunque, acorde al crecimiento de la persona, se manifiestan y crecen de distinta forma:

A) El primer aspecto a tener en cuenta es el orden físico.

El cuerpo necesita estar sano a nivel neurológico, equilibrado a nivel hormonal, vivir con una alimentación sana y adecuada, un sueño más que suficiente y ajustado a la edad, hábitos de orden con límites claros y sencillos que regulan la actividad cerebral predisponiendo aprendizajes de forma ordenada y una estimulación adecuada entre otras cosas. Ésta última es fundamental y de las más disociadas de la eficacia en el estudio, pero muy importante. Hace referencia al contacto físico como muestra de cariño y ternura, una comunicación basada en la escucha y la comprensión, un lenguaje estimulante y correcto, actividades lúdicas que estimulen sensorialmente el cerebro, etc.

B) El segundo aspecto tiene que ver con la capacidad psíquica.

La psique no es una propiedad emergente de lo biológico, sino aquello que vemos expresarse en el cerebro de forma localizada. Sin embargo, estas capacidades son precisamente las que no radican en el cerebro, sino que simplemente lo usan para funcionar en el orden físico natural. Estas capacidades son la inteligencia y la voluntad principalmente, pero podemos incluir el acto consciente de nuestra actividad y algunas virtudes relacionadas con los hábitos adquiridos. La relación entre lo psíquico y lo físico es esa unión hipostática que une el alma y el cuerpo de forma inseparable (hasta la muerte). La inteligencia se dirige a la realidad “verdadera”, la voluntad se dirige a la realidad “buena”. Ambas son determinantes a la hora de comprender lo que se estudia y aprende, pero sobre todo son importantes para comprender el significado último de nuestra realidad. Sin embargo, para realizar esto último de forma completa, es preciso el cuarto aspecto.

C) El tercer aspecto indispensable para un correcto aprovechamiento del estudio es la dimensión afectiva.

El hombre es cuerpo y alma, inteligencia y voluntad, pero cada acción que realiza, cada pensamiento que desarrolla, está empapado de emociones y sentimientos. Estos no tienen connotación moral y no son ni buenos ni malos, sólo determinan el grado de positividad de toda experiencia desde el momento que se hayan formado en la gestación los núcleos cerebrales que permiten procesar la información emocional (que son de los primeros). A lo largo de toda la vida los aspectos principales de esta dimensión tan transversal como siempre presente son modelados por las relaciones familiares, de lo amigos y, finalmente, con uno mismo.

– A nivel familiar es imprescindible el amor incondicional por parte de los padres. Esto significa ser querido antes de una demostración de bondad, corrección, aprovechamiento o de una respuesta deseada. Se trata de un amor que se da “por ser quien se es”, no “quien se debe de ser”. Es preciso además un cierto equilibrio en las relaciones de los padres, quienes amándose hacen llegar su amor a los hijos y no cada uno por su lado. Finalmente, es importante un ejemplo admirable y que proponga miras educativas más amplias que la de los mismos padres. Es preciso transmitir aspiraciones mayores, trascendentes sobre todo, para que la educación de los padres no termine reduciéndolas con el tiempo o simplificándolas por falta de sentido profundo.

– A nivel social observamos la importancia de compartir con los amigos y generar comunión, así como aprender a salir de uno mismo para entregarse a los demás. Los amigos no son sólo para pasar el rato, sino para crecer en la búsqueda de la auténtica vocación personal y de la verdad personal y comunitaria.

– A nivel de uno mismo podemos hablar de autoestima. Ésta no consiste en quererse mucho, sino sobre todo en saberse valioso por “quién es uno”. Las fases para educar la autoestima, correctamente entendida, son “ser” queridos, “sentirse” queridos y, finalmente, “saberse” queridos. Esto implica la existencia de un amor personal que el niño tiene que recibir (de Dios y de los padres principalmente), sentirlo (abrazos, tiempo, compañía, etc.) y, lo más importante y olvidado, saber que ese amor es real en su vida. Sin estos pasos es complicado que pueda salir de sí mismo y entregarse a los demás, que es el único camino que Cristo nos ha revelado que lleva a la felicidad. Es el saberse amado como Dios nos ama que nos da la auténtica y sólida razón de sabernos valiosos y amables. Esa certeza interior que se inicia en la familia por medio de los padres, principalmente, es realmente la autoestima. Nadie que no haya sido amado puede amar a otros plenamente y desde luego esa herida  interfiere enormemente con la capacidad de aprender y estudiar, pues esa falta genera un vacío desequilibrador en nuestro interior que genera un desorden en búsqueda de lo verdadero que es difícilmente compatible con el estudio académico.

C) El cuarto aspecto que es preciso para estudiar con eficacia es la capacidad espiritual.

Al estar en orden del don y de la gracia definir este aspecto como una capacidad no es muy adecuado, pues no depende de nuestra voluntad, sino que “se nos es dada”. Sin embargo, hay muchas cosas que podemos hacer para lograrla, como es pedírsela a Dios (oración) y cuidar las herramientas que nos ha dado para alcanzarla (vida evangélica y sacramental). Este aspecto hace referencia a la relación con Dios y su autenticidad. Nuestra transparencia al amor de Dios depende de su presencia en nosotros. Permite al estudiante que el estudio no quede en nociones y conceptos, sino en cimientos que introducen a una realidad mayor y más profunda que es el sentido personal, nuestro destino en Dios y su caminar en él. Es lo que realmente desarrolla la libertad como capacidad de entrega voluntaria y amorosa a Dios y  a los demás y que alcanza la madurez tan deseada por padres y profesores, así como el deseo de conocimiento profundo y personal, motivado y responsable. Y lo más importante, permite la aceptación del misterio y del sufrimiento desde la paz interior y el ofrecimiento personal.

Estos cuatro aspectos son los que realmente son necesarios en un nivel mínimo para poder estudiar y que son esenciales para que el estudio sea realmente eficaz. Una vez que queden garantizados en la mayor medida, tendrá sentido aplicar una técnica de estudio basada en una adecuada planificación, en un trabajo realizado mediante subrayados y esquemas que tenemos que aprender a comunicar a los demás con soltura y a aplicar a nuestra realidad para vernos activos en el aprendizaje.

Pasamos ahora resumir los aspectos principales de la técnica de estudio.

2. La técnica de estudio:
planificación, subrayado, esquemas y verbalizaciones

2.1 La planificación

Es preciso planificar lo que tenemos que estudiar y

mantener un orden adecuado. La agenda, el horario, un buen procedimiento de estudio (mañana y tarde) y manejar el subrayado y los esquemas son casi imprescindibles.

A) La agenda.

Una herramienta básica es la agenda, donde lo ideal es apuntar las tareas “para el día que son”, de modo que éstas se vayan acumulando en ese día y nos permita planificar cómo y qué trabajar los días anteriores para llegar a ese día y tenerlo todo hecho. Hay muchos modos de apuntar las cosas en la agenda, pero esta diferenciación entre apuntar las tareas en el día que son dadas y en el día que deben de ser entregadas es sustancial. En el primer caso, suficiente para la educación primaria, usaríamos la agenda como un “acta” (que significa “cosas hechas”), en el segundo, más adecuado para ser adquirido en secundaria, la estaríamos usando como una “agenda” (que significa “cosas por hacer”).

Es útil dividir cada día en la agenda escolar con una línea horizontal que permita apuntar en la parte superior las tareas que se tienen que traer realizadas ese día y todo lo que acontecerá (ej. exámenes), así como los materiales específicos o puntuales (folios, reglas, calculadora, etc.). En la parte inferior podremos apuntar por la tarde (que es propiamente la planificación) la distribución de las tareas para los días siguientes.

B) El horario

Es necesario tener un horario fijo (de lunes a domingo) donde aparezcan:

  • Las horas de estudio de clase (matemáticas, lengua, plástica, recreos y descansos, etc.);
  • Las actividades rutinarias de cada tarde (piscina, pintura, clases particulares, piano, etc.);
  • El tiempo dedicado al trabajo personal (ej. Martes de 17 a 20, miércoles de 17 a 19, etc.);

Este horario tiene que estar muy visible en el cuarto de estudio. El de la agenda es el horario fijo de las asignaturas de la mañana, pero en el lugar de estudio debe de aparecer un horario también con las actividades y dedicación de la tarde (deportes, academias, actividades, etc.).

C) El procedimiento del estudio diario.

Podemos dividirlo en lo propio de la mañana, de la tarde y del fin de semana.

Por la mañana:

  • Tomar notas en clase: en folios o en el libro, pero poniendo fecha y numeración de páginas (sobretodo para los más mayores);
  • En la agenda apuntamos al final de la clase y para el día que serán: tareas, ejercicios, trabajos, exámenes, etc. No tiene sentido apuntar las tareas de un día, en ese mismo día; hay que apuntarlas en el día para el que nos interesa que estén hechas.

Por la tarde:

  • Revisión de la agenda para saber qué hay que hacer esa tarde y qué tendremos que hacer los siguientes días o semanas (para que no se nos escapen los trabajos y las tareas fijadas a largo plazo y que hay que preparar con tiempo) y, sobre todo, para distribuir las tareas de cada día en las tardes previas;
  • Creación de esquemas de los temas que se han tratado por la mañana (estar atentos en clase y comprenderlo todo por la mañana es fundamental para que esta parte no conlleve demasiado tiempo). La razón de hacer primero los esquemas es la presión del tiempo: ésta es mucho mayor para las tareas que para los esquemas, pues son más “necesarias” para el día después.
  • Realización de las tareas y ejercicios que se tienen para el día siguiente (si no hay nada pendiente o se han terminado, podemos adelantar deberes de otros días procediendo sistemáticamente);
  • Repaso de los esquemas realizados los dos días anteriores. Favorece la memorización y el hacer propio lo aprendido, aportando soltura a la exposición. No tiene sentido repasar los esquemas recién hechos, sino los que ya se están empezando a olvidar y que se realizaron los últimos días.
  • Si sobra tiempo (con respecto al tiempo mínimo impuesto y que tiene que ser fijo cada día) es oportuno revisar el material de las clases del día siguiente (leer la lección del día después), de este modo se facilitarán los procesos de atención (por la familiaridad del contenido) y de comprensión (por una mayor atención y elaboración en clase). En este tiempo se pueden trabajar los idiomas, las matemáticas y la lengua, es decir, lo que es propio de asignaturas instrumentales de contenido concadenado y acumulativo. Éstas es mejor trabajarlas un poco cada día o de forma fija y constante.

En el fin de semana:

A nivel semanal es oportuno dedicar un tiempo al repaso de los esquemas hechos durante la semana (75% del tiempo) y un tiempo para aquellos que son de las últimas 2 ó 3 semanas (25% del tiempo dedicado), siendo el total de tiempo suficiente unos 90 minutos (dependiendo del período académico y de la rapidez y dedicación del alumno). Los primeros consisten en repasos verbales rápidos, los segundos mentalmente o en voz baja. A veces, con sólo mirar los esquemas quedan reactivados los contenidos asociados, especialmente cuando ya se han realizado muchos repasos (o verbalizaciones).

Esto permite una reactivación del contenido estudiado una mañana y reactivado esa misma tarde. De este modo se consigue reducir el desvanecimiento del aprendizaje.

2.2 El subrayado

El subrayado consiste en manifestar la relación entre las ideas principales y secundarias y la relación que hay entre ellas. Para eso es aconsejable identificar en cada texto las palabras que nos recuerdan, para cada concepto principal, de lo que trata. Esta palabra la subrayaremos en verde (concepto). Sin embargo, todo aquello que tenemos que saber sobre cada concepto, lo subrayaremos en amarillo (descriptivo) usando, en la medida de lo posible, una tira de subrayado por cada descriptivo. De este modo fijaremos una correspondencia entre lo visual del subrayado y la relación lógica, y estructurada, de sus conceptos.

Para esto propongo estas dos preguntas:

  1. ¿De qué me está hablando? -> Concepto (verde)
  2. ¿Y qué tengo que saber sobre ello? -> Descriptivo (amarillo)

Evidentemente, los conceptos están estructurados con otros subconceptos, por lo que con un subrayado más o menos grande, reflejaremos también la organización conceptual en sus categorías conceptuales.

El objetivo del subrayado en un sentido más amplio es centrar nuestra atención en identificar la definición de lo que nos están hablando, sus características, funciones, consecuencias, explicaciones, clasificaciones, procesos, partes y poco más. Identificando estos aspectos será muy sencillo pasar estas ideas de forma organizada al papel, esto es, al hacer un esquema y elaborar una exposición bien estructurada.

Un ejemplo[1]:

2.3 El esquema

Permite recoger las ideas, cuya organización tenemos clara, en un papel donde podremos reordenarlas, simplificarlas, resumirlas y distribuirlas en el espacio, en modo que podamos tener todo lo esencial, pero todo lo necesario, para repetir lo aprendido en voz alta (eso es lo ideal) usando el esquema como guía.

Es mejor que los esquemas respeten nuestro modo de procesar la forma y el espacio, es decir: de arriba a abajo, de izquierda a derecha, sin líneas muy largas, sino con texto recogido y ordenado, donde el tamaño mayor es reservado a las ideas que más relevancia tienen para recordar otras (importante en títulos y subtítulos), pues lo más grande, llamativo, y que más destaca se recuerda más, por lo que es importante que sea lo que, en su contenido, también es lo más relevante.

Continuando con el mismo ejemplo:

2.3 Las verbalizaciones

Las verbalizaciones son las repeticiones del contenido que hemos aprendido y esquematizado en voz alta hasta conseguir soltura y darle personalidad, es decir, hacer nuestro lo aprendido.

Las verbalizaciones, en sus diferentes formas, permiten enfocar el mismo contenido desde diferentes puntos de vista y ordenaciones lógicas y conceptuales. Facilitan la fijación del contenido, pero no tanto de su forma, promoviendo así una desvinculación del conocimiento de su fuente originaria (apuntes, explicaciones del profesor, libros, etc.).

Según combinaciones podemos identificar cuatro tipos:

  1. Sistemática completa: así como está escrito, de arriba a abajo, es decir, desde el título hasta el final y pudiendo usar todas las palabras del esquema;
  2. Sistemática parcial: lo mismo que la anterior con la diferencia que nos obligamos a no decir ciertas palabras e intentar encontrar sinónimos y circunloquios;
  3. No-sistemática completa: verbalización de todo el esquema en modo transductivo (de particular en particular), empezando por un concepto cualquiera y creando un hilo argumentativo lógico que enlace todos los demás conceptos. Consiste en decir lo mismo pero cambiando el enfoque. Permite desarrollar el dominio del contenido dejando este fijo pero cambiando la forma de exponerlo.
  4. No-sistemática parcial: lo mismo que la anterior pero con una omisión de cierta terminología. Su finalidad es desarrollar la expresión verbal, fijar fuertemente el contenido y crear conocimiento verdadero (independiente de la fuente y permanente).

 

Diego Cazzola Boix
(Psicólogo Orientador)
www.mde360.es

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Ver presentación: AQUÍ

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Más info sobre este tema:

Los procesos del aprendizaje
La técnica de estudio
Pautas para confeccionar un examen
Aspectos a trabajar con alumnos de altas capacidades

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[1] «Los elefantes: sensibles, sociales y sabios». Material del colegio Ayalde de Loiu (Bizkaia): www.ayalde.com

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Curso Afectividad y Aprendizaje

Resumen de la exposición realizada en el curso «Afectividad y Aprendizaje» realizado los días 10 de febrero y 3 de marzo de 2017 para el Colegio Juan Pablo II de Alcorcón (Madrid) y promovido por el APA del mismo colegio.

Descarga PDF: aquí
Presentación: https://prezi.com/lsphox3rkuen/afectividad-y-aprendizaje
Presentación curso en Infofamilialibre: aqui

El sentido de la educación

Para entrenar adecuadamente a un animal se necesita un programa de refuerzos y mucha paciencia y dedicación. Para educar a un niño, evidentemente, se necesitará lo mismo y mucho más. El reto que añade la educación al entrenamiento es que la educación va dirigida a una persona con su propia forma de ser, libre, que cambia en el tiempo y busca un sentido propio a la luz de una llamada personal que Dios le hace. No se trata sólo de responder de un modo concreto a determinados estímulos, aunque sean complejos, sino que se trata de descubrir un “sentido personal”, primero a través de un crecimiento físico, luego a través de un ejemplo de los padres, un acompañamiento en el descubrimiento de la implicación personal según el estilo propio y finalmente aprender el lenguaje del amor para salir de uno mismo y proyectarse hacia los demás.

Incluso para que reconociéramos a Cristo, Dios se sirvió de alguien como San Juan Bautista, y otros profetas anteriores, que prepararon el camino.

Qué es educar

Para poder centrarse en una tarea como la de educar es preciso saber qué es educar. Educar es preparar el camino para reconocer la Verdad e introducir en ella, algo que implica usar la inteligencia, el conocimiento, la madurez, el autocontrol, la fuerza de voluntad, un ejemplo a imitar, alguien que nos acompañe, por no hablar de muchas virtudes como la humildad, la obediencia, la templanza y la fortaleza. Pero sobre todo hace falta lo siguiente:

  • Conocer qué es una persona y cuáles son los principios por los que se mueve y actúa;
  • Descubrir el plan de Dios para el educando (sea hijo, alumno o paciente);
  • Conocer las fases del desarrollo biológico, psíquico y espiritual;
  • Querer dedicarles tiempo y acompañarles mostrándoles unas metas mayores que nosotros mismos;
  • Saber dejarlos libres, sin perder la paciencia y la caridad;
  • Asumir los retos educativos del amor;
  • Saber amarles incondicionalmente, perdonarles siempre, rezar por ellos, dialogar con ellos;
  • Amar la cruz;

Qué es una persona y cuáles son los principios de funcionamiento

Cuerpo, Alma y Espíritu

Que el hombre tenga cuerpo es indiscutible, que tenga alma está asumido por todo cristiano, pero el alma posee un “quien” distinto a ella que le otorga la actividad específica de un “alguien”. Ésa es la dimensión espiritual que es propiamente definitoria de lo que llamamos “persona” (el “acto de ser” en filosofía). Sus características son el amar, el conocer, la libertad y la interioridad (co-existencia). Esta dimensión es la dimensión divina en Cristo (la Segunda “Persona” de la Trinidad) quien asumió una naturaleza humana, esto es, alma humana y cuerpo humano unidas hasta la muerte como dos co-principios inseparables. Mientras vivamos, las potencias del alma se expresarán en el cuerpo en la medida de que esté desarrollado, pero de no poderse expresar no dejarían de ser. El primer desarrollo es el físico. A medida que crece el cuerpo, especialmente el cerebro, el alma va asumiendo, es decir, adquiriendo, conciencia de sí. Adquiere virtudes que no tenía, desarrolla hábitos innatos (el de los “primeros principios” y de la “sindéresis”) que la orientan al mundo y a sí misma, pero sobre todo es alimentada por lo espiritual (“actus essendi”). Si lo psíquico (alma y cuerpo) están en el orden del “tener” y de la “capacidad”, el espíritu está en orden del “dar” y sobre todo del “dar-se”, algo que implica conocer el don que soy, el valor que tengo (por ser amado), la libertad de entregarme y el poder hacerlo sostenidos desde lo más profundo por Dios (“en Cristo, por Él y en Él”).

El amor como único motor

Así se entiende que lo que mueve a las personas es el amor ante todo. Siempre y sólo él es el motor. Lo que entendemos es lo que la luz de la verdad divina nos revela. El sentido de cada cosa se nos es dado, no llegamos a ello por voluntad, ni por conocimientos. La creatividad nace desde este trascendental. La libertad del ser personal le permite entregarse a una causa, a una tarea, pero sobre todo es para entregarse a alguien, porque ese alguien será libre y desde esa libertad también devolverá el sentido del amor dado aceptándolo. Esta realidad es la misma dinámica trinitaria del Padre que se da al Hijo y del Hijo que acepta al Padre de forma perfecta. Tan perfecta que se da en una tercera persona que es el Espíritu Santo, el Amor hecho relación. Esta realidad es la que configura el núcleo espiritual de cada uno de nosotros y desde donde mana la actividad verdadera de cada uno. Sin embargo, no es una realidad que se pueda poner en marcha sin que primero se haya dado un proceso educativo y un crecimiento biológico mínimo que permita que la persona se posicione, con un suficiente orden y una determinada capacidad, frente al mundo sabiendo que es un “alguien” concreto en búsqueda de un fin tan grande como necesario, personal y con sabor a eternidad.

Mientras no consigamos pues que un niño perciba ese amor, no le construirá por dentro y desestabilizará el crecimiento, la identidad y toda su persona. Un niño necesita entonces:

  • Ser amado (dimensión trascendental divina y espiritual humana)
  • Sentirse amado (dimensión física)
  • Saberse amado (dimensión psíquica)
  • Aprender a amar (dimensión espiritual)

De la libertad a la afectividad (en su transversalidad)

Ser libres es ponerse delante de la realidad, no sólo poderse entregar a ella. Es estar frente a los demás y al mundo y sentir la necesidad de buscar una respuesta a las grandes preguntas: “quién soy”, “cómo soy” y “para qué soy”. Nos hace sensibles a lo que está bien (por una atracción) y a lo que está mal (por una repulsión) y esto es ser afectivos. Nos afecta la realidad, porque nos importa, pero sobre todo nos implica personalmente (a los animales no), por lo que nos sentimos interpelados en una búsqueda importante que nunca cesará por una cuestión fundamental que defino: “la asimetría del deseo”, que luego veremos.

Esta afectividad se expresa activando la naturaleza humana que al ser dada por una dualidad de alma y cuerpo se concreta en el orden de lo psíquico (sentimientos) y de lo físico (emociones). Estos no tienen nada que ver con el sentido de lo que acontece y no dan dirección alguna, sino que manifiestan el estado psicofísico en el que nos encontramos. Será la inteligencia la que tendrá que analizar las emociones y sacar conclusiones para ver qué de bueno o de malo hay en lo que se está viviendo. Esta realidad analizada y valorada por la inteligencia tiene que ser presentada a la voluntad, la segunda potencia del alma más importante. Ésta captará lo bueno que se le presentará y lo querrá (de aquí pensar bien y de forma veraz, sin capas tergiversantes, como ocurre en la psicopatología y el vicio). Así el trascendental espiritual del “amar” se extiende a nivel psíquico (y por lo tanto consciente) al “querer”, mientras que el trascendental espiritual “conocer” activa el “entender” (en el sentido de “ver”, simbólicamente semejante a la luz que ilumina). Así entendemos cómo los trascendentales, del orden espiritual y no consciente (que no es inconsciente, ni subconsciente, ni preconsciente), activan la conciencia para que entienda y quiera las cosas buenas.

En este sentido no es correcto hablar de “Inteligencia emocional” y propongo el concepto de “integración afectiva”, que consiste en saber reconocer las emociones que se tienen, ponerle nombre, saberlas expresar adecuadamente, y poder tomar decisiones buenas y justas a partir de ellas, pero bajo el imperio mayor posible de la voluntad. Nadie mata por pasión, simplemente no es capaz de deliberar sobre su acción a partir de las emociones que experimenta. No se trata de seguir las emociones porque ellas no nos dicen lo que está bien o lo que está mal, de hecho no son ni buenas ni malas, simplemente informan. Lo que ocurre es que su experiencia es muy presente porque el nivel físico es más cercano y específico que el espiritual, que aunque sea más importante, es también inespecífico. Es decir, se percibe mejor una emoción de enfado (nivel físico) que un sentimiento de alegría (nivel psíquico) y más aún que un afecto como la amistad, la paz, la contemplación de lo bueno, etc. A más elevación de la afectividad hacia el orden espiritual, más imprecisa, pero fuerte, duradera y determinante será su vivencia.

El campo de la afectividad es muy amplio, pero es interesante describir por lo menos las etapas por las que se expresa y ver sus características, sobre todo analizando el momento de la adolescencia.

Cuáles son sus etapas evolutivas y su sentido

Desde que nacemos hasta que morimos pasamos por diferentes etapas y cada una precisa de criterios educativos propios, pero todos obedecen a unos principios permanentes ligados al origen y al fin de nuestra existencia. Voy a describir dos principios: el primero es que cada etapa, grande o pequeña, cambia en cuanto nos hayamos acostumbrados. De alguna manera está pensado para que los padres o educadores no puedan acostumbrarse a nada durante mucho tiempo y estén siempre pendientes de estudiar la situación y adaptar criterios y programas educativos. El segundo principio es el que genera más problemas en la vida al ser el menos conocido: deseamos lo mejor para nosotros, pero no somos capaces de darlo a los demás, aunque nos lo propongamos, con la misma intensidad. Este principio es “la asimetría del deseo”, que es una necesidad infinita e inagotable de todo aquello que es bueno, pero que se expresa y realiza en un mundo finito, concreto y limitado. Es la huella que Dios ha dejado en nosotros al crearnos y que se nos manifiesta como una necesidad de eternidad o pervivencia, de sentirnos únicos y valiosos, pero sobre todo aceptados y queridos. Es una huella que nos lleva a amar con infinitud, pero que no se puede realizar en esta vida con la misma fuerza e intención con la que nace porque este mundo y nuestras relaciones son concretas, limitadas, acotadas por el espacio y el tiempo. Así, el amor eterno que queremos dar tendrá que pasar siempre por la vía sensible: un abrazo, una donación, una llamada por teléfono, un escuchar, un consejo, etc. Nunca será suficiente esa expresión, nunca la acción se corresponderá perfectamente con el deseo infinito, nunca podrá huir de una cuenta atrás. Deseamos ser amados de forma sublime, sin ser capaces de hacerlo nosotros. Deseamos ser siempre perdonados, pero no conseguimos perdonar del mismo modo. Queremos conocerlo todo, pero enseguida experimentamos una incapacidad de cumplir con nuestro deseo. Nos recuerda de dónde venimos y a dónde estamos llamados ir, pero nos propone un camino en el que cada gesto tendrá que ser llenado de un significado simbólico lleno de eternidad. Digamos que Dios se ha reservado, como bien destaca San Agustín, que sólo él pueda llenarnos de verdad, pero no perfectamente en esta vida. Nos habla en nuestro interior y nos busca en lo profundo de nuestro ser, la intimidad o coexistencia trascendental, que es ese punto de contacto entre Dios y cada uno de nosotros donde Dios nos llama desde el silencio, la humildad, la sencillez, la verdad y con enorme paciencia. Es una contradicción agridulce que deja una cierta insatisfacción que nos pone en búsqueda y que para mucho termina en lo material, para otros en alguna persona o un trabajo, generando mucha insatisfacción, porque nada de eso llena. Todo tiene que ser ordenado a Dios como fin último, como decía Santo Tomás, y todos los fines intermedios, que son necesarios, tienen que ser siempre un medio transitorio o temporal ajustado al último.

Una realidad que marca, entonces, cada momento evolutivo y etapa educativa es el sufrimiento. El sufrimiento y la insatisfacción genera incomodidad, pero ésta nos empuja a un cambio, nos mueve a la reflexión y nos presenta una necesidad de actualizarnos de despertarnos y no quedarnos con lo que tenemos, es decir, de seguir buscando. Igual que la langosta cuando crece se le queda pequeño el caparazón y esa molestia le lleva a cambiarlo varias veces durante su crecimiento, el ser humano también pasa por una necesidad de adquirir conciencia, capacidades, autocontrol, autonomía, sentido y valor personal. Cada momento ha sido pensado por Dios y es bueno, pero se precisa una clave de interpretación para ser descifrado su código interno y verse como bueno y necesario.

Las etapas evolutivas y su sentido.

El bebe (0-2). Es una etapa donde predomina la necesidad de contacto físico, seguridad, cuidados básicos y en la que es muy importante hablarles y estar presentes en un corto espacio y mucho tiempo.

El niño (2-4). Primera adolescencia. El niño se da cuenta de que tiene capacidad de decidir, aunque no sepa ni qué ni cómo, y surge el “no” y el “yo quiero”, de allí que sea parecido a la adolescencia. Son fundamentales los límites claros y sencillos, la escucha y el destacar lo positivo, pero no para crecer en autoestima, sino para favorecer la seguridad necesaria para nuevos aprendizajes.

El niño (4-6). Es importante empezar a trabajar la autocrítica, a educar el pudor, el reconocimiento emocional, aprender a manejar las relaciones familiares y los buenos modales desde la verdad.

El niño (6-9). Especialmente importante las relaciones sociales, aprender a defender la verdad y a expresar las emociones. A partir de esta edad el niño deja de ser tan inocente y aparece la picardía y la doblez (por eso empiezan los chistes, las ironías, etc.), por lo que es muy importante que aprenda la importancia de la sinceridad para ir asumiendo sentido de responsabilidad (necesario para la madurez personal). El niño empieza, además, a buscar de un modo especial la identificación con papa y mamá, pero de forma indirecta y no consciente. Trata de imitarlo, de conseguir su atención, de pedir cosas que le implican, etc. La sexualidad ya está propiamente despierta y se tiene que abordar el tema con naturalidad, pero centrando el sentido de cada cosa desde el pudor y la dignidad personal: erecciones, estimulación genital, significado de las partes íntimas, modestia en la ropa, etc. (sobre todo en el chico que es más físico y dependiente de la imagen).

El niño (9-12). Empiezan a darse cambios físicos que alteran la percepción de la realidad, por lo que hay que tener paciencia a partir de este momento. Pueden darse subidas de tono, mayor enfados con los hermanos, algunos retos con la autoridad, frustraciones y altibajos. La imitación del padre y de la madre se va haciendo más evidente.

El adolescente. Primera fase (12-16). Empieza el cambio físico más importante y que acarreará otros cambios en otros niveles (sobre todo psíquico). El cuerpo produce hasta 8 o 9 veces más hormonas generando un descontrol en las emociones, mayor excursión emocional entre la alegría (que pasa a ser euforia) y la tristeza (que pasa a ser una depresión). Es el momento de escuchar mucho, no tomarse muy en serio la gravedad de lo percibido, suavizar las dificultades con esperanza y moderar las euforias personales. En pocas palabras hay que trabajar el control emocional. Además es importante incrementar la exigencia de la responsabilidad, manteniendo un orden y una rutina adecuada. Dejada esta etapa ya no valdrá la imposición del “porque lo digo yo” y será muy necesario que las virtudes estén consolidadas, especialmente la obediencia, el orden, la docilidad, la piedad, el pudor, la confianza y la sinceridad.

El adolescente. Segunda fase (16-20). En esta segunda fase, el adolescente no pierde las características anteriores, pero sí en parte se acostumbra a ellas. Lo que destaca en modo especial es la fuerza física asociada al cambio hormonal y al crecimiento, por un lado, y la revisión de las creencias que ha recibido y que se le proponen. El adolescente quiere ahora comprobar lo que sabe y verificar los valores e ideales que se le han transmitido. Por eso el chico suele chocar con el padre, que es fuente de autoridad, y la chica con el estilo de la madre. Es una etapa en la que es mejor no hacer cambios educativos, sino aprender a proponer una libertad que le puede conducir a cometer errores, sin duda, pero de los que aprenderá qué era lo bueno que defendía la norma o regla. En esta etapa es importante no ser estrictos en el cumplimiento rígido y exigente de las normas, sino aprender a ser flexibles en lo posible y muy tajante sólo en lo estrictamente necesario, favoreciendo especialmente el pensamiento crítico y la responsabilidad. Es una etapa en la que el neocórtex cerebral habrá completado su desarrollo, favoreciendo una reelaboración más abstracta y profunda de lo conocido, por lo que es fundamental acompañar el desarrollo de la libertad personal y, por lo tanto, la entrega de sí mismo. Es buen momento para el voluntariado, los grupos de oración de su edad, dar catequesis, etc. Afectivamente, habrá que acompañarle mientras aprende a distinguir la amistad, la ternura, el enamoramiento y el amor, ayudándole a reconocerlos, respetarlos y conseguir el mejor autodominio en cada situación.

El joven (20-30). De esta etapa voy a decir lo esencial. Hasta ahora lo que movía el chico o la chica era una sed de relaciones personales marcada por una frustración que empezó a hacerse visible con las decepciones de los padres, que dejan de ser unos superhéroes que lo pueden todo, que se volvió a manifestar en los amigos cuando decepcionaron y que también los grupos empiezan a evidenciar. La mirada ya atenta del joven se dirige en esta etapa dentro de los grupos de amigos de la anterior etapa y encuentran un atractivo mayor hacia alguna persona en particular con la que empieza un enamoramiento que promete llevar a una satisfacción por fin completa. Pero en esta etapa vuelve a decepcionar ese deseo de sentirse totalmente aceptado y comprendido, y surgen roces y dificultades. Es ahora el momento de saber que esa decepción se debe a que ni un amigo, ni un grupo, ni un novio, ni la esposa podrá saciar ese deseo tan grande que crece en el interior. Dios llama con más fuerza por medio de ese deseo insaciable para que le busquemos y encontremos en esas relaciones, pero se reserva muy bien que no podamos sustituirle por esas personas. Esta insatisfacción constante deja de plantearse sólo cuando somos capaces de levantar la mirada al cielo y encontrar el auténtico protagonista de la historia y de nuestro destino. Mientras no le abramos la puerta o escojamos Dios como el centro real de nuestra vida, esa llamada desde la insatisfacción será cada vez mayor. Dicho de otro modo, es el momento de aprender a salir de uno mismo y desplegar la capacidad de amor en su plenitud. Si en un principio dominaba “el amor a uno mismo” y luego “el amor al otro para uno mismo”, el riesgo es ahora quedarse en “el amor del otro para uno mismo”, pero el reto es conseguir proyectar la libertad personal con generosidad hacia los demás, desde un amor personal, es decir, se trata de descubrir “con el otro, el amor para los demás”, propiamente denominada la fecundidad del amor maduro.

Retos y desafíos educativos

El desafío a la autoridad

El desafío ante la autoridad, que surge a partir de la adolescencia, no se debe necesariamente a una maldad interior, ni a una mala educación, ni mucho menos. Antropológicamente es muy normal y sirve para retar la autenticidad de los límites que se le han puesto, para comprobar su solidez y la fidelidad de los padres, así como alguien que prueba un peldaño de la escalera antes de apoyarse del todo. Además, permite lanzar al joven hacia el mundo con interés y energía. Hace siglos, y desde miles de años, a esta edad el joven era en realidad un adulto ya casado con hijos. Es nuestra sociedad que tiene tiempos distintos y nos obliga a vivir en una escala temporal muy distinta. Pero el cuerpo, que está bien hecho, está preparado para la vida social, con ganas de tener relaciones íntimas, formar una familia, tener hijos, ganarse la vida, tomar sus propias decisiones, etc. El reto de esta etapa hoy en día es conseguir educar en la espera sin anular la ilusión de vivir su propia vida.

El desafío del horizonte mayor

Otro desafío es darles a los hijos unas metas mayores que nosotros mismos. Se trata de subirse a los hombros de un gigante y mostrar grandes horizontes. Si buscamos que sean como nosotros no serán ni lo que Dios quería, ni lo que ellos deseaban, ni lo que somos nosotros. Serán un boceto sin vitalidad, sin voluntad, sin certezas verdaderas, ni ilusiones. Es central saber mostrarles una meta más grande que nosotros y ésta sólo puede ser el amor de Dios en su proyecto personal. Hay que ayudarles a descubrir lo que Dios les pide, la vocación que Dios tiene pensada para ellos y a enfrentarse con esperanza, sabiéndose acompañados, pero libres, con paciencia, pero con responsabilidad y siempre desde una vida de Gracia, para que no se seque el espíritu de donde brota la actividad vital principal en forma de “luz” intelectual y de “querer” ordenado al amor, es decir, dirigido a la entrega libre de uno mismo.

El desafío del amor incondicional

Otro reto educativo es el amor incondicional. No se trata de quererles mucho, ni de que los padres quieran a sus hijos. Se trata de que los padres se quieran entre sí y que desde ese amor brote la certeza de un amor que no pide ser bueno o cumplidor, sino que es capaz de amar al otro tal como es. Un amor que ama antes de que el otro cambie o mejore. Es una cuestión de amor, no de normas. En una frase: “Yo te quiero antes de que cambies, antes de que seas lo que quiero, antes de que seas bueno, antes de tus aprobados o mis expectativas”. Para esto es preciso un canal comunicativo, pasar tiempo juntos “tú a tú” y familiarmente, tener un proyecto común entre los esposos, centrar la atención en lo bueno no en lo que “no tiene nada malo”, porque toda experiencia deja un huella y es preciso, hoy más que nunca, evitar las huellas que generan heridas. Porque las malas experiencias dejan un olor a negatividad muy doloroso y cada vez más difícil de sanar.

El desafío de educar en la verdad, la humildad, la misericordia, la libertad y la valentía

Otros retos educativos son el educar en la verdad (adaptando la información a la edad, evidentemente). Sin mentir, dejando que las elecciones y las consecuencias naturales ejerzan su propia acción educativa. De la experiencia se aprende. Los padres están para garantizar que esa experiencia sea adecuada. Tratan de evitar las malas experiencias, pero no a toda costa, porque el efecto rebote que se genera puede ser un mal mayor. El mismo Dios respeta nuestra libertad hasta el punto de que nos condenemos. ¿Cómo pueden los padres pisotearla en pro de defender un futuro que se arriesgan a destrozar antes de que se dé? Es importante entonces gestionar cuidadosamente lo que decimos, lo que proponemos y también qué negamos y cómo. Que no sea nunca el miedo a lo que pueda pasar, el orgullo o amor propio, la pereza o la necesidad propia, lo que cierre el diálogo. Recordemos que sin misericordia no se educa, pero sin valor tampoco.

Autoestima y madurez

Dicho todo esto tiene sentido enfocar el gran tema de la autoestima. La autoestima la suelen definir de forma muy sencilla como “el aprecio o consideración que uno tiene de sí mismo”, por lo que es fácil caer en la tentación de mejorarlo promoviendo esa consideración. En un principio, como hemos dicho, es bueno promover ese aprecio para dar seguridad al niño y que éste se lance hacia el aprendizaje, el juego, las relaciones, pero antes o después chocará con la milenaria dificultad de verse imposibilitado para lo que se propone. Da igual la capacidad que tenga, porque quien sea más capaz querrá más, el que pueda menos podrá menos. En este sentido es importante educar en la conciencia de qué puede hacer y qué no cada cual, pero es importante recordar que el cristiano no está llamado a crecer él, sino a hacer crecer a Cristo en él. La auténtica autoestima no parte del autoconcepto (que es bueno tener ajustado a la realidad), sino del amor recibido incondicionalmente en el tiempo, por tiene que ver con “tener certeza de unicidad querida”. Es tener una certeza de que “soy único, soy querido por Dios por mí mismo, no necesito más”. Este amor no sólo nos deja ante una situación de incomprensión enorme (“me aman porque sí, por ser yo”), sino que no se deja alcanzar del todo. Solamente si se crece con la conciencia de ser amado por Dios, como el cristianismo siempre ha enseñado, somos capaces de descubrir lo valiosos que somos “per se”. Porque las personas son las únicas criaturas que Dios ha amado por sí mismas. Esta autoestima tiene la fuerza no sólo de construirnos fuertemente, sino de proyectarnos hacia los demás en todas las adversidades. Porque con la cercanía de Dios y el abandono a él, ¿podemos dudar de que todo salga bien?

Se entiende enseguida que la madurez va en continuidad con la autoestima y, diría yo con el equilibrio psíquico, moral y afectivo. No existen programas realmente efectivos de autoestima igual que no existen para querer a alguien o aprender a llevar un sufrimiento. La autoestima lleva a la madurez porque es necesaria para proyectarse hacia los demás desde una entrega de uno mismo. La paciencia y la Providencia de la acción de Dios en nosotros hacen el resto. Los problemas surgen cuando se trata de forzar la vocación del otro, cuando queremos imponer un plan nuestro para los demás y no nos abrimos a que se haga la voluntad de Dios, cuando no estamos abiertos a abandonarnos tratando de mantener el control absoluto.

Lo normal, como digo yo, es ser normal. Pero para eso hay que coger los caminos que Dios nos ha preparado. En este sentido, el más libre es aquel que ha entregado su libertad, no quien se la reserva sin darse. Los más importantes dentro de una familia es el amor, el perdón, la reflexión de cada etapa para entender lo que Dios nos pide, estar abiertos a la trascendencia y la vida de gracia, recordarnos que somos hijos de la luz, que buscamos la Verdad con mayúsculas, sin miedo a su mayor exigencia: la cruz. Amar la cruz es necesario para cualquier educador, pero especialmente para quienes quieren amar de verdad. Hay que saber rezar por los hijos, por los estudiantes, por los pacientes, pero sobre todo tratar de llevarles a Dios antes que a cualquier otra meta inferior. No tenemos que buscar la excelencia en los estudios, sino en la persona, porque ella será luego capaz de hacerse y rehacerse. Sin embargo si solo les damos excelencia académica corre un gran riesgo de perderse sin más. La madurez, en este sentido, es no perderse en la búsqueda de uno mismo, sino en el amor del otro.

Termino recordando que educar es introducir a la realidad desde el amor, con el amor y para el amor y que lo propio de la persona es su relación con Dios desde lo espiritual y que es ésta la fuente de la vitalidad psíquica, el origen del orden mental, la energía que activa el cuerpo y todo su desarrollo. El cuerpo no hace otra cosa que expresar el dinamismo interior bajo una dimensión psicofísica dada por el alma y el cuerpo, siendo lo interior el tesoro escondido desde donde Dios nos llama a su encuentro y desde donde nos procura los dones más grandes.

Material aconsejado

1) PÍO XII, Alocución a los participantes al V Congreso Internacional de Psicoterapia y de Psicología clínica, AAS¸ XXXXV (1953) 278-286; (https://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1953/documents/hf_p-xii_spe_19530413_psicoterapia.html)

2) Alocución a los participantes al XIII Congreso Internacional de Psicología aplicada, AAS L (1958) 268-282. (https://w2.vatican.va/content/pius-xii/es/speeches/1958/documents/hf_p-xii_spe_19580410_psicologia-applicata.html)

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Llegó el nuevo diagnóstico: el TCL

Y llegó el nuevo diagnóstico: el TCL. El nuevo cajón de sastre para los problemas de aprendizaje de estos años, pero que agravan su sintomatología.

Trataré de no ser demasiado técnico, pero me gustaría dejar clara mi postura con respeto a este nuevo diagnóstico que trata de describir una variación del famoso, ligera y malamente hiper-diagnosticado Déficit de Atención (TDA).

El «Tempo Cognitivo Lento»  (TCL o SCT en inglés) es un término descriptivo no formalizado que se usa para identificar de mejor manera lo que parece ser un subgrupo de pacientes dentro del TDAH de subtipo inatento» (Tirapu-Ustárroz et all., 2015). Esto significa que los síntomas del TCL no se encuentran a día de hoy específicamente reconocidos en los manuales médicos diagnósticos estandarizados (como el DSM y la CIE), y que su existencia no es oficial.

Un alumno TCL se caracteriza sobre todo por «estar en bavia» y parecer inactivo, aletargado o perezoso. Es como el famoso Déficit de Atención (TDA), pero con un componente más depresivo y con falta de motivaciones más hondas. Igual que el TDA tienen, supuestamente, afectadas las zonas prefrontales encargadas sobre todo de la planificación, de allí que tengan dificultades en la atención sostenida, en la memoria, en organizar las ideas (leídas o a expresar) con una consecuente baja capacidad de liderazgo y una fácil tensión ante la interacción social, por eso suelen buscar actividades motivadoras desde fuera (ej. videojuegos).

En definitiva es un TDA que tiende a parecerse algo más depresivo y menos extrovertido. Da menos problemas en clase, pero más problemas de comprensión. Es más sensible al castigo porque la raíz de su problema es más afectiva que neurológica. Esto quiere decir que esta «nueva» clasificación viene a describir un perfil de niños que no sólo no han sido educados en el orden afectivo y ejecutivo, sino que han aprendido a evitar los problemas afectivos ensimismándose en su mundo, y que, con toda la consecuencia de quien se aísla, pierden, o no adquieren, el equilibrio en las relaciones personales.

Así que estamos delante de una nueva forma de definir a los TDA que además de tener problemas de atención empiezan a desarrollar problemas de motivación hasta el punto de adquirir sintomatología depresiva (que se manifiesta por la alteración de la dopamina y de la noradrenalina).

Una vez más vuelvo a recordar que desde una antropología enfocada desde la fe católica nos tiene que recordar que nuestras células neuronales no los son todo ni protagonizan la fenomenología patológica o sintomatológica, sino que expresan las experiencias vividas desde su correlato físico. Se encargan de manifestarlas a nivel físico y de «grabarlas», pero NUNCA son el punto de partida. Las operaciones psíquicas, siempre acompañadas concomitantemente de la experiencia afectiva, nos van formando y configurando y, de alguna manera, determinando.

Por eso observamos que los trastornos psiconeurológicos primero empezaron a aumentar su prevalencia, luego a especificarse en categorías y subcategorías y ahora están cada vez más asumiendo características patológicas (las dos principales siempre han sido la depresión y la manía). Seguir viendo los problemas como algo genético quitará el sentimiento de culpa de los padres e incluso al hijo, pero no resolverá casi nada, no nos ayudará a asumir la responsabilidad como educadores y finalmente generará una apatía enfermiza irreversible y demoledora.

En realidad un problema de atención o de que el cerebro funcione lentamente es una cuestión que depende de tres posibles razones:

  • un fallo orgánico (o daño cerebral), como puede ser el caso de los TDAH reales que actualmente están muy mal diagnosticados;
  • un problema de inteligencia escasa que hace que las ejecuciones sean más lentas;
  • un problema psíquico o psicológico que agota los recursos mentales. Es el caso de la ansiedad, los problemas personales o familiares, etc. Son éstos los que desencadenan los problemas depresivos, y anímicos en general, que se pueden apreciar en casos como el TCL y que deberían ser más bien diagnosticados como depresión infantil (hipodiagnosticada en España) que como trastornos neurológicos nuevos.

Como siempre insisto en que la raíz de todo es el amor, no la patología genética o la neurona. Lo esencial es la relación personal, no la medicación (puede ayudar en algunos casos, pero nunca será lo esencial), y la tarea final no es aumentar diagnósticos tranquilizadores que generen horas de trabajo en los gabinetes, sino asumir la importancia del orden afectivo, la priorización de los valores familiares (sobre todo del matrimonio) y de la presencia de Dios en la familia para que todo salga como Dios manda (literalmente) y sea visto a la luz de la Verdad a la que estamos llamados.

Así que ¿cómo debemos de abordar a un TCL en el aula y en casa?

Pues como un TDA de siempre, pero con más amor personal, es decir, más miradas profundas, más propuestas de actividades juntos que impliquen a ambos, más escucharles partiendo de lo que más les gusta, descubriéndoles el sentido que aún no han descubierto, ahondando sobre la cada vez más necesitada conciencia de unicidad e irrepetibilidad de cada uno, concediéndoles más tiempo, pero no para que sepan que aplicamos una Adaptación Curricular Individualizada (ACI) o para que pueda realizar todo el examen, sino para que entienda que respetamos su forma de ser y le acompañamos en su desarrollo. Eso es amar a un alumno.

Y si de paso lo hacemos con todos descubriremos dos cosas cuanto menos interesantes: que todos desean en el fondo lo mismo (ser amados y considerados como los especiales, dignos, únicos y valiosos que son) y que un profesor, por bueno que sea, no puede ser buen profesor con 30 alumnos en clase.

Paz y bien.

nino-en-clase

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Entre profesionales – Psicología familiar y escolar

La Fundación EUK Mamie – HM Televisión ha empezado un nuevo bloque temático de la serie“Entre profesionales” en el que abordo varios puntos importantes de la psicología familiar y escolar.

Estos serán los temas a tratar en este nuevo bloque de “Entre profesionales”:

1. Dónde falla la psicología actual;
2. Cómo elegir un buen profesional de la psicología;
3. La motivación y el castigo;
4. El problema de la inteligencia emocional;
5. El TDA o TDAH: cómo entenderlo adecuadamente.
6. Fracaso escolar: ¿dónde está el problema?
7. Nuevas tecnologías y educación: ¿cómo conjugarlas?

Os dejo las entrevistas en vídeo:

Lunes, 30 Mayo 2016
Entre profesionales – ¿Dónde falla la psicología actual? 

Lunes, 06 Junio 2016
Entre Profesionales: ¿Cómo elegir un profesional de la psicología?

Lunes, 13 Junio 2016
Entre Profesionales: La motivación y el castigo.

Lunes, 20 Junio 2016
Entre Profesionales: El problema de la inteligencia emocional

Lunes, 27 Junio 2016
Entre Profesionales: El TDA o TDAH: cómo entenderlo adecuadamente

Lunes, 4 Julio 2016
Fracaso escolar: ¿dónde está el problema?

Lunes, 11 Julio 2016
Nuevas tecnologías y educación: ¿cómo conjugarlas?

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No vive de verdad quien piensa, sino quien ama

Quien vive sin pensar, no puede decir que vive.Pedro Calderón de la Barca (1600 – 1681)
  Pedro Calderón de la Barca (1600 – 1681)

Literalmente es cierto, pues si uno no puede pensar, tampoco podrá físicamente hablar y decir que vive.

Antropológicamente es incorrecto: vivir es amar, ya que lo esencial de la vida es el amor. Pues el pensar no es lo más elevado del vivir del hombre. Sin embargo, hechos por el Amor y para el Amor, quien no ama, sí podría decir que no vive (si fuera muy sincero consigo mismo), pues vivir es ir al encuentro del Corazón de Jesús, es un crecer siempre nuevo y más pleno, un descubrirse a uno mismo cada vez más hijo en el Hijo, es el encuentro con la Verdad que desvela nuestra identidad cada vez más libre, es «cantar» la belleza del amor inmenso de Dios, destinar el corazón a nuestro Padre para que nos revele eternamente nuestra identidad. Y ésto es lo alucinante: ¡que nunca acabaremos de gozar de conocernos y destinarnos en el amor!

«Pensar» no es, pues, lo más importante, de hecho ni siquiera pensaremos en el cielo, pues es un proceso físico inferior a la intuición y a la contemplación, que serán los principales movimientos intelectuales.

Si con esta frase sin embargo, se quiere defender lo importante que es, en el orden natural, el pensar para ir descubriendo la verdad personal que cada uno tiene que encontrar y descubrir en su vida, entonces ¡brindemos y alegrémonos!, pues hemos descubierto, por fin, el motivo de que la gente ya no sepa quién es, pues pocos sabrán detenerse en estas líneas reflexivas y descubrir la llamada que Dios les hace de no parar de amar con intensidad para encontrarse con la Verdad del amor divino en la destinación de su amar personal.

Ahora sí: el pensar debe de encaminarnos al amar o no sirve que para condenarnos.

Diego Cazzola

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¡Padres, recuperad vuestros puestos de combate educativo!

Tras el cambio del Papa Benedicto XVI al Papa Francisco no ha sido raro escuchar muchas personas comentar, como si tuvieran alguna legitimidad en tales juicios, si era mejor o peor, más conveniente o menos conveniente. En realidad todas estas opiniones y análisis son propias de conversaciones superficiales que no provienen, en mi opinión, del Espíritu Santo, pues Él ya se encargó de sopesarlo todo antes que por nosotros y de poner las cosas en el orden divino. Atrevernos a hacer esos comentarios es atrevido o cuanto menos imprudente.

Algo especialmente bueno y providencial a destacar de nuestro Papa Francisco es su capacidad de ser especialmente práctico, cercano, sencillo y breve. Sus reflexiones son muy actuales y necesarias y nos devuelven la mirada a muchos aspectos sociales de espacial urgencia. Vamos aquí hoy a recoger uno en concreto relacionado con el papel educativo de los padres.

Profesionalmente he venido observando, en la orientación familiar de estos últimos años, un paulatino, pero constante deterioro de los criterios morales y educativos familiares. Cada día veo menos capacidad de actuación educativa y más errores de sentido común, especialmente para ocuparse de los hijos desde el Espíritu de Dios, que es en definitiva la auténtica educación cristiana. Pero sobre todo observo ahora una dificultad creciente en descubrir el sentido de la familia para la santidad de sus miembros, especialmente de los esposos, quienes parece que, en muchas ocasiones, ya hayan renunciado a santificarse en la familia y en el amor propio de la educación de los hijos. Los esposos deben descubrir en cada momento y en cada acontecimiento el plan de Dios sobre su matrimonio y sobre sus hijos, pero ya no está de moda, parece ser. O por lo menos no observo que esté en el orden del día de muchas familias.

¿Acaso hemos relegado a Dios fuera de la familia y lo hemos dejado en el sagrario y en los ejercicios espirituales personales? ¿A caso ya no pensamos en que Dios guía a cada familia así como guía a su pueblo desde que se le manifestó?

Es una pregunta que profesionalmente y personalmente me parece legítima. Una vez excluido a Dios del ámbito familiar con su actividad providencial y su plan divino personal y único para cada familia, sólo nos queda ver como los primeros agentes educativos terminan siendo los psicólogos, los profesores de apoyo o los catequistas. De hecho observo a diario la pretensión de que sea el colegio quien, con su intervención, sea más educativo que formativo. Ya parece que más que dar clases, debe enseñar a los alumnos a ser personas. Y si bien una cosa no excluye la otra, la función del colegio es esencialmente formar y, sólo en un segundo lugar, educar, pues la educación es un tarea de los padres que el colegio debe de apoyar, pero no inventar. Hoy se pretende que los colegios enseñen a los alumnos la disciplina, el orden, a ser amigos, que trabaje la autoestima con programas específicos, que haga análisis funcionales de conductas para intervenir en las más desadaptativas o instaurar nuevos hábitos saludables e incluso que enseñe a comer y ser educados. Por supuesto en este paquete va incluida la transmisión de la fe. En el colegio o en la parroquia es donde ahora más se espera que los hijos aprendan sobre Dios, la Iglesia, el amor y las virtudes humanas o incluso la educación afectivo-sexual.

Me parece tremendo. Estamos viviendo un suicidio familiar en el que los padres han dejado de ver a Dios en sus vidas y en el que la primera consecuencia es la falta de crecimiento en la fe auténtica, la que lleva a vivir en la presencia de Dios y no en ir a cumplir unos preceptos. Porque a veces una voluntad movida con fuerza para hacer sacrificios, oración o voluntariado, puede ser más tóxica que el odio resentido del apóstata. Los preceptos y las obras buenas no lo son por sí mismo, sino porque anuncian un corazón abierto desde la fe, la esperanza y la caridad. Son los frutos del amor que se vive. Un cristiano no debería centrar su actividad evangelizadora en muchas actividades, sino en un testimonio de vida personal. A algunos el Señor les pide que además se manifiesten en cargos políticos, económicos, educativos, etc. y él se encarga de darles dichas autoridades o puestos, pero siempre al servicio de los demás, no para su ego narcisista. Es importante este concepto porque para un padre de familia, su camino ordinario de santificación principal es su esposa y sus hijos, no otro. Nunca debería prevalecer el trabajo. Si esto se olvida, en breve la educación de los hijos es vista como una restricción a la carrera profesional primero y al tiempo de ocio después. Es entonces cuando los problemas y las dificultades se acentúan, los hijos empiezan a estorbar y, finalmente, se convierten en cargas excesivas. Claramente los problemas de ésta índole, y llevados de esta manera, alejan cada vez más del Dios verdadero y finalmente también del Dios que nos habremos hecho a medida. Casi siempre la situación se hace incandescente a nivel matrimonial y familiar, por lo que empapados del espíritu del mundo y sus fáciles soluciones basadas en la renuncia y la comodidad o la entrega a los apetitos más subjetivos y egoístas, se abren las ventanas del divorcio y de la delegación a otros profesionales para la solución de un problema que está, en realidad, en el fondo del corazón, ya cerrado al amor verdadero, a la sencillez, a la renuncia de uno mismo por los demás, etc.

Así que me alegra que el Papa Francisco, acertando una vez más con la oportunidad del asunto y del consejo de la catequesis del 20 de mayo de 2015 (aquí la catequesis), proponga a los padres que vuelvan a ser los protagonistas de la educación.

Yo también me sumo a su invitación, haciéndole eco: ¡Padres, recuperad vuestros puestos de combate educativo, antes de que no podáis reconocer a vuestros propios hijos u os olvidéis quiénes sois!

No habrá jamás psicólogo que ame a vuestros hijos como vosotros, nunca será tan comprensivo el profesor de apoyo, ni la tía que es “profe de mates” o el primo que saca buenas notas, y nunca sus profesores le transmitirán el amor con la misma fuerza y profundidad que podéis vosotros en el día a día. Pero sobre todo, difícilmente aprenderán con otros a ser padre o madre y sentirse amados incondicionalmente, a pesar de sus éxitos, a pesar de sus bondades mayores o menores. Son los padres quienes están llamados a reflejar el verdadero sentido personal que Dios tiene para los hijos y que sólo Él, en el cielo, terminará por realizar. Se descubre la gracia de Dios en el acto educativo, no cuando se anticipa o planifica. Hay que ponerse a ello para que Dios nos muestre el camino. Hay que dedicarle tiempo, planificar desde el amor y el conocimiento de los hijos, tener esperanza y paciencia, dialogar mucho. Padres, volved al puesto de combate. Los hijos necesitan de vosotros, ¡nos necesitan! Hay que amarles antes de que cambien y no para que cambien, esto es, incondicionalmente, pero sobre todo urge entender que Dios no nos abandona a nuestro dolor o en nuestra dificultad, sino que las permite para que, misteriosamente, en ella le descubramos.

Y ¿cómo ocurrirá si delegamos en otros? No sería la primera vez que he conocido yo más a un alumno en pocas horas de evaluación y entrevista, que sus padres en toda su vida… Porque al hijo hay que conocerle desde dentro, no sólo observándole desde fuera. Hay que pararse a su lado, escucharle en su modo de expresarse, hacerle presente en cada momento familiar, si no éste le resbalará y no lo aprovechará para expresarse y crecer. Dios pasa en la presencia de una mirada, en un abrazo oportuno en el modo y en el momento justo, en el castigo que es recogido al final con amor y sin gritos de descarga emocional, en la ayuda paciente a asumir el orden diario y las reglas de la casa, pero en definitiva, por la intención libre y entregada de los padres de enseñar al hijo que es amado para que un día él también pueda dar ese amor, y no tanto para que en el momento deje de incordiar, molestar o de quitarnos tiempo.

“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24), ¿no? ¿Acaso divorciarse cuando la relación se hace difícil no es renunciar a la cruz?, ¿o mandar al hijo a terapia, al neurólogo, al psiquiatra y clases de apoyo para que resuelvan su problema no es renunciar a la cruz?, ¿o pensar que “no tengo tiempo para mí”, mi pádel, mi gimnasio, mis salidas con mis amigos, mi partido de futbol en el bar, etc., no es mirarme el ombligo más que a mis hijos o a mi esposa/o? Quizás a veces se nos olvida el final de la cruz. Quizás hemos reducido el concepto de cruz a un concepto light más próximo a la dificultad que a la muerte. No. La cruz es el camino de los padres para salvarse, santificarse y encontrarse con Dios, pero debemos verla, aceptarla y subirnos voluntariamente para que sea realmente salvadora, de lo contrario, ni salva, ni es verdadera, ni es Cruz.

Quiero concluir con el final de la catequesis del Papa: “Es el momento de que los padres y las madres regresen de su exilio, – porque se han auto-exiliado de la educación de los hijos -, y re-asuman plenamente su papel educativo. Esperemos que el Señor conceda a los padres esta gracia: de no auto-exiliarse en la educación de los hijos. Y esto solamente puede hacerlo el amor, la ternura y la paciencia.”

Digamos sí a Dios, digamos sí a la familia, digamos sí a la santidad en la educación familiar. Digamos sí al amor de la Cruz, no a los sucedáneos del mundo. Porque también el matrimonio y la familia pueden dar como fruto auténtico santos padres que encarnen el mismo amor de Cristo.

Que Dios os bendiga y os dé su paz.

La educación según Mafalda

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¿Pueden los padres llenar su vacío existencial con los hijos?

Pues no creo que los hijos puedan ni deban llenar el vacío existencial de los padres. Me parece tremendo. Los hijos serían entonces un derecho, pues tengo derecho a la plenitud a la que estoy llamado ontológicamente. No. Los hijos son un don de Dios, son personas que Dios encomienda a unos pobres padres para que estos les lleven a Dios y en esta tarea (compartida y no unilateral) se descubren a sí mismos necesitados de Dios. En esta tarea descubrimos que somos duales en la relación paterno-filial, somos padres o madres, pero también hijos. Los hijos no están para llenar ningún vacío, aunque puedan conseguir aportar en esa dirección, y no podemos decir eso sin instrumentalizarlos. Las personas son para ir a Dios y nos ayudamos en esta tarea. Pero sólo Dios puede y debe llenar ese vacío. Tener sed implica que exista agua. Quien tiene sed la buscará, aunque no la haya visto nunca. Es un deseo parecido al de Dios, y que el mismo Jesús retoma cuando dice en la cruz «tengo sed». Pero atención, la Coca-Cola puede parecer aliviar la sed, sin embargo no lo hará. Los hijos son un camino de amor en el que descubrimos a Dios y se aclara el sentido de nuestra vida. Pero no paro de ver desastres familiares entre aquellos que creen que el cónyuge, los hijos, el trabajo, o lo que queráis, sea quien llene ese vacío. Si no somos capaces de meter a Cristo como camino y al Padre como fin, nuestro amor no dejará de ser indeciso. Hay muchas ilusiones que el demonio usa para desviarnos, y no siempre son malas, a veces simplemente no son lo suficientemente verdaderas.

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Hola, quería pedirle ayuda, últimamente me siento sola, nada me anima y me siento rechazada. ¿Qué recomienda ante un caso así?

Pregunta recogida desde la plataforma Ask.fm el 5/5/2015

Cada persona es única y responder a una pregunta tan específica sin conocer el ‘quién’ que tu eres, es muy complicado. De forma general, a quien se siente así, le diría lo siguiente:

1. No nos definimos por lo que sentimos, sino por el plan que Dios tiene sobre nosotros (pues somos amados personalmente por Dios). Es un plan de amor, que no descubriremos del todo hasta verle cara a cara, pero que siempre conlleva una cruz. Algunos la tienen muy grande, otros más pequeña. Para algunos es física, para otros espiritual. Para algunos está relacionada con alguien cercano (en familia, por ej.), para otros tiene que ver con gente más bien lejana (grupos de personas encomendados, por ej.). Siempre querríamos otra cruz (una diferente), pero en realidad, la que tenemos es la mejor para nosotros.

2. Solemos querer tener el control de nuestra vida y a veces hasta pensamos que es así. En realidad el control es una ilusión de nuestra inseguridad que enturbia nuestra libertad y nuestro entendimiento. Estamos en las manos de Dios, así que la lógica de la sencillez es dejarse hacer por él. Es la regla del Amor que obedece hasta la cruz. Muchos santos han estado en una continua noche oscura, otros en grandes depresiones. No se trata de estar bien, sino de estar en Dios, de descansar en él, dejarle llevar nuestra vida. Se trata de descubrir su amor en la providencia, dejando de controlarlo todo, sin anticiparse, sino esperando que se manifieste.

Antes de escribirte he estado rezando y pensando unos días. Esperaba una señal providencial y hace poco llegó. Una amiga mía posteó una canción muy bonita que te ayudará. Estoy convencido que son palabras para ti: https://m.youtube.com/watch?v=hpiselSempY

Muchas veces no entendemos el significado de lo que vivimos, pero siempre lo tiene. Si buscamos en la oración, en la verdad, en el Espíritu del Señor,… Dios saldrá al encuentro. Te aconsejo rezar mucho el rosario, por lo menos uno al día (despacio y devotamente). Cristo es varón y a veces deja que sus ovejas aprendan lecciones que su madre, María, como buena mujer, trata de evitar que pasemos. De la mano de María es más fácil llegar a Jesús y conocerle. Si quieres hacer algo más, mi mejor opción es sin duda el ayuno y la adoración eucarística. Prueba ayudar a pan y agua los miércoles y los viernes y ve a hacer adoración y misa todos los jueves, con devoción. Y si quieres una guinda o un «dulcis in fundo», pídele al Señor estar mejor con una novena a la Divina Misericordia y reza la Coronilla de la Divina Misericordia todos los días a las 15 de la tarde (especialmente los viernes). Y no olvides que la confesión no es sólo el perdón de los pecados, sino la gracia para no volver a caer y vivir en el Señor.

A veces Dios permite dolores y sufrimientos porque pide entrega y oblación, pero muchas otras veces simplemente nos purifica y aumenta el deseo, o nos ayuda a expirar en esta vida algo que después sería una factura muy grande. En todo caso hay que estar agradecidos y no caer en el pecado de orgullo y soberbia al estilo nietzschano.

Te dejo una cita que personalmente me ha ayudado mucho. Puedes buscar la película del santo, merece la pena.

«Ama la verdad, muéstrate como eres sin falsedades, sin miedos ni miramientos. Y si la verdad te cuesta la persecución, acéptala; si te cuesta el tormento, sopórtalo. Y si por la verdad tuvieses que sacrificarte tu mismo y tu vida, sé fuerte en el sacrificio.»

San José Moscati (17 de octubre de 1922)

Que Dios te bendiga y te muestre su rostro. Un abrazo en el Señor.

Soledad

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