MdE 360º no se caracteriza sólo por integrarse en el sistema académico-docente del colegio o por su metodología con una fundamentación neurobiológica sencilla, actual y eficaz, sino que destaca por su antropología de fondo. En esta sección trataré de dejar claro el modelo de persona que sustenta MdE 360º de una forma lo más sencilla y accesible.

La antropología de MdE 360º

Uno de los aspectos más radicales y olvidados por la didáctica y la educación pertenece, en su raíz, a la antropología trascendental, rama de la filosofía que trata de abordar a la persona de una forma completa ampliando la realidad humana trascendente y haciéndola aterrizar correctamente en los diferentes ámbitos.

Cuerpo, alma y … algo más

Una persona no es sólo cuerpo y tampoco es sólo cuerpo y alma. Es también algo que la hace ese “quién”, y no otro, en Dios, pues es espiritual [1]. Es una dimensión que para brillar necesita que la persona crezca en su desarrollo corporal primero, y anímico (o psíquico) después. Las tres dimensiones actúan desde el primer momento, pero no se manifiestan en el mismo grado ni inciden siempre del mismo modo. Su desarrollo adecuado determina la capacidad de la persona de destinar libremente su vida hacia lo que considere más valioso buscando aquello que más anhela. Este anhelo es un motor o una dinámica fundamental para el ser humano, pues es un deseo de infinito que se concreta por realidades concretas, limitadas, complejas que a veces son buenas y otras son malas. Cada dimensión dirige de un modo distinto a la persona pero, si son educadas correctamente, las tres apuntan a lo mismo.

Observamos entonces el desarrollo de las tres dimensiones por partes para que podamos asignar a cada una la progresión y el cometido adecuado.

Grafica Antropología MdE 360º
En la gráfica vemos cómo el protagonismo lo tiene (en un principio y sólo manifestativamente o de forma aparente) la dimensión física, por la que se desarrolla nuestra corporeidad (sustrato necesario “sine qua non”). La siguiente dimensión que se va manifestando es la dimensión anímica (o mental o psíquica), pues la consciencia se va haciendo presente paulatinamente y cada vez más, llegando a perder protagonismo a medida que aparece el deterioro mental propio de la ancianidad, pero que volverá a crecer infinitamente al desligarse del cuerpo después de la muerte (siempre y cuando no haya condenación de la persona). La última, pero la más importante y la que es objetivo principal del acto educativo, es la dimensión espiritual, la cual crece infinitamente y exponencialmente (siempre y cuando no haya tampoco en este caso condenación de la persona, de lo contrario habría una reducción al “yo”, una pérdida de sentido y una ausencia de conocimiento personal, es decir, una condenación al yo egoísta y ciego que se quedaría consigo mismo para siempre al no ver a Dios nunca).

Dimensión física o corporal

Tiene que ver con el desarrollo animado de la materia que nos conforma, esto es, del cuerpo. Aquí nos interesa principalmente el desarrollo psico-neurológico, es decir, la creación de neuronas y sinapsis conectadas en auténticas redes neuronales más o menos rápidas y más o menos extensas o conectadas. Este nivel apunta a una automatización neuronal que permita un procesamiento en paralelo, es decir, poder hacer muchas tareas a la vez (movernos y pensar, coger una cosa y mover un pie, o, finalmente hablar y conducir a la vez). Desde la evaluación de la inteligencia se notará mayor nivel intelectual a la persona que tiene más soltura, rapidez, mejor coordinación, memoria, etc. Pero estas características, si bien son importantes, no agotan, ni mucho menos, el concepto de inteligencia.

En este mismo nivel nos encontramos otro nivel de desarrollo que crece en paralelo que es el procesamiento de la experiencia emocional. Lo importante es conseguir estabilidad emocional por medio de experiencias de seguridad y afecto por medio de asociaciones de emociones positivas con ejecuciones básicas. Permite acercarnos a lo bueno y distanciarnos de lo malo de forma rápida (neuronalmente).

Dimensión anímica (psíquica)

Nuestro cuerpo está continuamente animado, de lo contrario cesaría su actividad y acontecería la muerte. Las características anteriores son comunes a prácticamente todos los animales, por lo que resultaría reductivo trabajar los problemas de estudio desde una perspectiva intelectual tan neurológica o física. El alma confiere a la persona una capacidad de operar en un nivel superior caracterizado por la inteligencia y la voluntad. En este nivel la inteligencia (que ya no es sólo operativa) hay que entenderla como capacidad de integrar la afectividad con el procesamiento de la información, buena y mala, para aplicarla en contextos sociales en los que nos vemos envueltos. Es decir, estamos hablando de análisis lógico-racional y autocontrol emocional (que prefiero llamar integración afectiva). En el momento que se habla de control, aparece la voluntad como timón que dirige la actuación de la persona y que empieza a delinear el destino que irá tomando [2]. Empieza a verse puesta en juego la libertad entendida como apertura y búsqueda, es decir, una capacidad de destinar el sentido personal a algo que merece la pena y no sólo una mera obediencia irracional a las dinámicas emocionales.

Dimensión espiritual (o trascendental)

Quedarse con lo anterior es muy típico hoy en día y he aquí la incorporación de un tercer enfoque psico-educativo que confiere mayor sentido al estudio del alumno. El ser humano, creado a imagen de Dios no podía ser una criatura pensada sólo para adaptarse al medio – que de hecho más bien lo adapta a sus necesidades -, sino que, además, le da sentido a ese medio. El hombre está llamado a buscar su sentido y a profundizar en lo que le rodea. Necesita descubrir el porqué, abrirse a la dinámica básica del deseo, algo que llamamos maduración. Comprender, en este sentido, no es saber qué es lo que tengo delante (por ejemplo un mendigo, un libro, o un móvil, etc.), sino comprender el significado que entraña en el conjunto (por ejemplo el cuestionamiento de uno mismo ante el mendigo, un libro, o un móvil, etc.). Desde esta dimensión se busca en definitiva que toda la experiencia humana derivada de las dos dimensiones anteriores pueda alcanzar el significado del amor humano, esto es, el desarrollo de la capacidad de destinación hacia los demás. Dicho en otras palabras, la dimensión espiritual aporta esa luz intelectual y ese sentido profundo o existencial de la verdad del amor humano como fin último del sentido personal.

En esta dimensión cabe destacar un principio desconocido en la educación que está haciendo un daño casi invisible. Desde siempre se ha entendido que existe un plano físico y otro metafísico que, dicho en cristiano, sería un plano natural y uno espiritual o sobrenatural. Los mejores educadores han entendido pronto la necesidad de integrar los dos planos, sin poder separarlos e incluso integrándolos. En mi opinión dicha integración se ha visto mermada por una mala interpretación de la “tracción del movimiento” de integración. Me explico. Buenos educadores han entendido que lo natural se dirige hacia lo sobrenatural, pero los santos educadores han entendido mucho más: que no es lo natural que se eleva a lo sobrenatural, sino que lo sobrenatural asume y eleva lo natural. Del mismo modo que Jesucristo asciende al cielo y nuestra madre la Virgen María es asunta al cielo (es decir, ambos suben, pero con un origen del movimiento distinto), es lo sobrenatural que actúa sobre lo natural haciendo que se plenifique y la persona encuentre así,  en lo natural, lo sobrenatural. Así pues, la inteligencia es elevada por la luz que Dios otorga (luz penetrada de luz), moviéndola desde su connotación física hasta los hábitos intelectuales más elevados (especialmente la “sindéresis” y el “hábito de los primeros principios”), es decir, es movida por un “conocer” trascendental que le es propio de una persona que busca a Dios de forma connatural y no necesariamente consciente. Esta atracción se experimenta en la conciencia como una sed o un deseo de saber, una insatisfacción y una necesidad de cumplimiento y de plenitud, pero no hay elementos, hábitos, ni amigos capaces de aplacar su fuerza ni mucho menos su dirección. Surge de la incapacidad de ver una respuesta definitiva de una aspiración infinita ante una realidad finita. Esta fuerza se vuelca especialmente en el conocimiento y en al amor, y tiene características de implicar la libertad y la intimidad. De los dos, el amor es el más fuerte y definitivo porque conecta a cada persona directamente con el Sagrado Corazón de Jesús [3]. Aunque cueste entender estos conceptos teológicos aplicados a la capacidad de estudio, son imprescindibles para que “el estudiar” no llegue a sus límites, que pueden ser la frustración de no ser tan inteligente, no retener como los demás, no rendir lo mismo que otros o, por otro lado, hacerse soberbios y egoístas con lo poco que en verdad se ha podido descubrir al compararse con otros supuestamente menos “capaces”.

Conclusión

Surge la tentación de confundir lo más evidente con lo más importante. Lo evidente es que el alumno que mejor estudia en secundaria y el que mejor resultados obtiene es quien es “listo”, es decir, aquel que capta rápidamente las explicaciones y opera rápidamente, especialmente a nivel mental y abstracto; pero esto implica fijarse sólo en la primera y más evidente dimensión, la física (propia de la medicina). No siempre se puede intervenir en esta variable, pero sobre todo, no es la que dará plenitud a la vida del alumno y la “felicidad” se basará principalmente en las recompensas sociales (reconocimiento, éxito, menor presión familiar, etc.). Existe también la tentación, especialmente cuando la primera dimensión no es tan brillante, de fijarse en el esfuerzo de voluntad, el trabajo personal, la perseverancia en las tareas, el resultado al margen de la velocidad y la rapidez, etc. Sin dejar de ser importantes estas capacidades (que si son buenas se convierten en virtudes que mejoran el alma como una segunda naturaleza – como decía Santo Tomás de Aquino – que dirige la persona de forma más directa hacia el bien), éstas consiguen una actitud menos empática y más orgullosa. Favorece el pensar que todo es merecido y debido por el esfuerzo personal, introduciendo en un voluntarismo que puede ser peligroso. Además, al no conseguir buenos resultados, puede transformarse en resentimiento, envidia y otra clase de dinámicas engañosas, sutiles y maquiavélicas para mantener la imagen personal, la autoestima o una falsa justicia mal lograda y viciada.

El sentido espiritual añade a las dos dimensiones de hecho “el alma” verdadera y teologal, es decir, el amor. Por eso dice San Pablo, sin amor no soy nada [4]. Los animales tienen alma y cuerpo, pero cada animal es uno más del montón (participan de un mismo actus essendi del universo, como sostiene Leonardo Polo). En la persona humana, el espíritu identifica a cada uno de una forma singular, elevándola al amor de Dios y, por lo tanto, permitiéndole penetrar en el misterio. Todas las facultades humanas deben de ser bien desarrolladas (dimensión física) y educadas (dimensión anímica) en tal modo que sean permeadas cuanto antes, y poco a poco, por el amor de Dios.

Esto significa que acercarse a la verdad de Dios con toda su hondura, con toda su entrega decidida, libre y voluntaria, hace que la persona entienda mejor todo, pero sobre todo “quién es” y “qué se le pide” a nivel personal. Implica una mejor maduración, un mejor equilibrio personal, no sólo emocional o afectivo. Implica proporcionarle la capacidad de entregarse a los demás y fomentar por lo tanto la auténtica dinámica de la felicidad. Para esto se precisa de la vida sacramental, un estado de gracia, una vida basada en el dar más que en el recibir (aunque en el amor al principio no es así, pues primero es recibir para poder dar), una educación basada en la persecución honesta de la verdad en el amor a toda costa, es decir, aunque nos veamos diferentes a los demás. Es vivir como hijo de Dios a todos los efectos, no sólo a los efectos religiosos, sino relacionarse de persona a Persona.

Los hijos no son de los padres y no deben de considerarse ni un derecho ni un medio para satisfacer sus frustraciones o deseos no logrados. Quien educa es Dios, por medio de los pobres padres y éstos deben de estar a su vez en las manos de Dios para descubrir cómo crecer espiritualmente, ellos mismos, en la tarea de la educación de los hijos. Educar es ayudar a crecer, acompañar a los hijos a descubrir las grandes verdades. Para esto hay muchos pasos, pero el peligro es siempre quedarse con los que dejan huella visible y abandonar el otro camino. Allí empiezan a verse los problemas.

Es preciso integrar cuanto antes, primero con el ejemplo, luego con los hábitos y finalmente con la relación personal, la dimensión espiritual en las demás para que éstas tengan sentido y sean elevadas, y los problemas se vean cada uno en su correcta medida y con su correcta solución.

Diego Cazzola Boix

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Filósofo de referencia para profundizaciones antropológicas: Dr. Leonardo Polo
(L. Polo, Antropología trascendental I, La persona humana, Eunsa, Pamplona, 2010)

[1] “No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal. Que el Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alama y cuerpo se mantenga sin reproche hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo” (1Ts 5, 19-23 – Versión Oficial de la CEE–)

[2] Precisamente uno de los errores modernos más grandes en filosofía (desde Guillermo de Ockham), ha sido no sólo separar la voluntad de la inteligencia, sino invertir el orden de intervención, sugiriendo que primero se mueva la voluntad de forma libre (de allí el liberalismo y, ahora, el sentimentalismo) y luego la inteligencia, sin embargo ocurre precisamente al revés, esto es, la inteligencia presenta a la voluntad aquello sobre lo que tiene que deliberar y elegir.

[3] Tiene que ver con la estructura donal del amor, pero no es posible desarrollarla en este sitio. Cfr. Cazzola, D., “Aplicaciones de la estructura donal según Leonardo Polo a la vocación
del amor humano” en Juan Fernando Sellés (ed.), El hombre como solucionador de problemas. Investigaciones en torno a la antropología de Leonardo Polo, Cuadernos de Pensamiento español, Nº 57, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona, 2015, pag. 151-159.

[4] “Si no tengo amor, no soy nada” (1Co 13,2)

 

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